Él me decía gato porque soy como los gatos.
Porque cuando me acarician levanto la cola.
Porque soy extremadamente cariñosa y, al mismo tiempo, necesito mi espacio personal.
Porque soy arisca hasta que entrás a mi corazón y después duermo arriba tuyo, estoy a upa todo el día, me siento arriba de la mesa o en el piso y rara vez estoy sentada correctamente en un sillón.
Porque levanto las patas arriba de las sillas como cuando los gatos se lavan la panza.
Porque estiro las patas arriba de la cabeza cuando me siento cansada, como cuando hago el amor.
Me decía gato porque me gusta chupar una cara de la nada, pegarle un lengüetazo.
Me decía gato porque cuando muero de ternura y se me sobreexcede el amor, pego una mordidita en algún lado.
Porque es un love-bite.
Porque soy parecida a un gato.
Y yo siempre había sido perro.
Y quizás hasta un caballo.
Pero por ahí es mejor vivir como gato.
Tener una vida de noche.
Salir de joda.
Tener aventuras.
Y de día estar más tranquila es.
Soy un gato colorado, probablemente.
Pasé de ser un poodle rubio a un gato colorado.
Yo entiendo esto y el valor de esto con 34 años.
Once años después de que él me decía gato.
Yo entiendo esto con 34 años, en realidad.